Aquí donde me ven

Soy hijo único (creo que eso pensaba mi madre de mí a pesar de mis 5 hermanos); padre hasta el final de mis días (intentaré que los hijos no lo noten); abuelo poeta, diseñador de proyectos de largo aliento. Mentor sempiterno, constructor de aprendizajes, incluído el de mí mismo.

Y lo demás que soy, está entre líneas (en mis textos).



21 de septiembre de 2011

Me llamo Juan*

Me llamo Juan. Soy un niño de diez, un joven de treinta, un adulto de cincuenta años. Todo a la vez. Me hubiera gustado llamarme Carlos Augusto, Mario Daniel o Kevin Eduardo, como los personajes del cine y la televisión; pero mis padres no pensaron en eso. Nací en un poblado de calles irregulares e incomprensibles (la avenida central no es la central). Fui a la escuela ya pasado de edad y estrené mi primer par de zapatos cuando el calor no lo ameritaba; pero eso sí, aún no entendía bien a bien esta vida, y ya sabía de la otra, la que hay después de la muerte, gracias a los contundentes preceptos de las monjas. Esto, creo, muy prematuramente. 

Tatuaje de unicornios*

Uno prepara el equipaje. Se fija como destino seguro el encuentro con el día final, y se embarca en la primera aventura que pasa cerca de la casa. Sabe que no hay boleto de regreso, que se vive de manera irrepetible.
En el trayecto ocurren cosas; unas tan buenas, que parecen el fin último de la vida; otras ostensiblemente malas, que dan la sensación de que el viaje llegó a su punto final. Pero es apasionante abrir la escotilla, ventilar un poco la curiosidad y ver transcurrir la vida sin sobresaltos, como un vigía en tiempos de paz.
Desde la perspectiva del que escribe, ocurre algo parecido. Se puede viajar, seleccionar un rumbo al azar, embarcarse y dejar que la imaginación decida. También resulta emotiva una aventura así, con la atenuante de que en este caso uno no es el actor sino el productor de lo que sucede.

20 de septiembre de 2011

Con el vuelo al hombro

Nunca dudé que volar fuera posible. Lo supe desde que subí a aquella colina, me até sendos trozos de papel a los hombros y me lancé sin temor. ¡Pude volar! Al principio sólo me dejé llevar, entusiasmado, por el viento, que en las alturas tiene otro colorido. Aspiré la vida, la sabrosura de la vida. Me maravillaron las montañas, los hombres, el amanecer, los árboles, vistos desde una perspectiva hasta entonces ignorada. Al cabo del tiempo, hice de mi vuelo un acto controlado. Volé como ave majestuosa, extendiendo las alas en una demostración de jactancia mordaz; pero desistí de hacerlo: me perseguía un incómodo instinto depredador. Ensayé vuelos con plumas de pájaros gráciles, torpes, metódicos y hasta vertiginosos; aprendí, incluso, a no temerle al crujido de las ramas. Pero al final volví a batir mis alas de papel, y concluí que cada quien es lo que es, y se eleva según sus propios medios.